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Recuerdos de una vida olvidable…

Una columna de risa



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Fecha: 02/12/2023 Por: Manuel Rivera S

Amanecí pensando en la figura del payaso, símbolo del circo y de la niñez anterior al uso generalizado del teléfono celular.

Cuando era niño esos actores me inspiraban temor, sin embargo, el tiempo me enseñó que no era su maquillaje lo que me asustaba, sino la necesidad de algunos seres humanos para subsistir provocando siempre risas, pese a sentirse en ocasiones tristes.

A quienes acreditan en los circos, en la calle, en el camión u otros escenarios urbanos la imagen que en mi infancia tuve de ellos —quizá la auténtica—, respeto como artistas y personas, mientras que a quienes mancillan la imagen de los auténticos payasos buscando poder y riqueza, agradezco que también me hagan reír y reconozco en ellos un mérito adicional.

¿Quién no sabe lo difícil que resulta esconder la propia risa cuando vemos que alguien sucumbe redondo al engaño o broma que le hicimos? Aunque espurios, esos últimos payasos tienen el don de reprimir hasta sus carcajadas, no se diga la vergüenza, en lo que varios son expertos.

En contrapartida, dentro de las excepciones existentes en una vida de esencia injusta, algunas veces el burlado tiene acceso a la justicia cuando paga con la misma moneda al burlador.

Recuerdo las reuniones de gabinete en un estado del centro norte del país, donde tras oír al mandatario estatal hablar del mundo ideal que percibía desde su residencia, muchos funcionarios hacían uso de la palabra para alabarlo, casi nunca para cuestionarlo o enriquecer lo escuchado.

No carecían de inteligencia y sí les sobraba habilidad para conservar su posición, seguridad directamente proporcional a su grado de abyección. Pero, además, poco a poco comprendí que las alabanzas de algunos al jefe contenían un ingrediente adicional: el de la burla más deliciosa, es decir, aquella que pasa desapercibida para el burlado.

Con mi ingenuidad o torpeza característica, tal vez ambas, llegué a pedirle a un funcionario que evitara hacer mofa tan grande al gobernador alabando lo que en su gabinete sabíamos era un craso error. A final de cuentas, aunque el mandatario llegara a creerse un dios, era un ser humano que, aun queriendo burlarse de nosotros o creyendo que nos engañaba, no merecía ser tratado de la misma manera. Sólo las circunstancias de la vida deberían ser capaces de reírse de los seres humanos.

Siguiendo una vez más la máxima que dice: “El que se ríe se lleva”, retomo las imágenes que provocaron la evocación de quienes se dedican a provocar risas, voluntaria o involuntariamente, en el mundo de fantasía de la política nacional.

Como muestra está el mensaje televisivo de una virtual candidata a la presidencia de la república, quien apunta que los apoyos sociales dejaron de entregarse a cambio de votos, afirmación que trae a mi memoria esos gags en los que un profesional de la risa sin camuflaje se desprendía de “su mano” cuando saludaba a un incauto. En este caso imagino un pedazo de lengua saltando, que después veo danzar y finalmente dirigirse al espectador para su libre interpretación.

Traigo más tarde a lo que me queda de mente —si alguna vez acredité su existencia— una imagen aún más cómica protagonizada por quien ante los medios de comunicación se maquilla como “ciudadana” y toma la figura de un títere, cuyos hilos con colores de desprestigiados partidos exhibe en un sketch en el que, primero, asegura querer gobernar el país sin posicionar algo más que regresar al pasado y, luego, escupe hacia arriba, lo mismo criticando a su titiritero mayor que ensalzando a la extrema derecha, lo que provoca la carcajada del público cuando pocos minutos después se desdice.

En el desfile de mensajes que promueven a quienes sin sonrojarse dicen trabajar sin más fin que servir al prójimo, destaca la osadía de un candidato que invita al receptor a buscar en su estado natal referencias de los resultados que ha entregado, declaración tan arriesgada como la de cualquier hombre que se atreva a pedir a su expareja que lo recomiende a su actual compañera.

Pero en la amplia y jocosa colección de la temporada de la risa, también conocida como de campañas electorales, lleva mano el spot de quien por antonomasia es el papá de los pollitos del único pterodáctilo en vuelo, hombre líder de un instituto político al que para cerrar este espacio sólo parafrasearé: “cuando escribo esta columna no pienso en los partidos, sino en la risa como defensa frente a lo patético”.

riverayasociados@hotmail.com

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